Trigésima Bienal de escultura en Resistencia

Trigésima Bienal de escultura en Resistencia

132
0
Compartir

Artistas de muchos países llegan a Chaco a transformar la materia en sentido. Los reciben como a jugadores del Mundial.

Clarín cultura.

El polvo se levanta y baila en círculos con el viento; el ritmo lo ponen las amoladoras y los taladros. Una música hecha deriiiiiiiiuunnjjjjjjjjj y traka traka traka trakatá. El alemán Tobel le está dando forma a un enorme bloque vertical, de unos dos metros de alto, de mármol travertino. Atravesó su medio metro de profundidad con un agujero fino, un mini túnel como la mirilla de una puerta. En dos caras talló algo similar a las formas de un caracol. “Es una piedra que tiene cientos de años”, explica. Con una base móvil, ese monolito que deberá estar terminado este sábado, girará. Si una persona habla cerca del orificio, en una de las caras, el sonido emerge transformado en el otro. Fue su manera de responder a la consigna de la 30ª. Bienal de Escultura, que culmina este sábado en Resistencia, Chaco: “Identidad en movimiento”. Da más detalles: “Hoy tu voz atraviesa el tiempo al recorrer esta antigua piedra”.

Tobel mira el reloj y se apura para terminar Sonido del Universo, su obra. Es uno de los siete escultores que compiten en el concurso internacional, este año conformado por ganadores de ediciones anteriores. También hay artistas de Francia, China, Colombia, Polonia y Argentina. Se acerca el telón de una semana de trabajo al aire libre, entre la gente. Una tarea diaria de diez horas, se sienten el sol y los más de 25 grados que tuvo el miércoles, o los 13 grados con garúa que se padecieron el jueves por la tarde. Cada uno compite por el prestigio, entre las personas que los miran con el mate bajo el brazo o el celular apuntándoles, y también por los 8.500 dólares que incluyó, para cada uno, la invitación. Pero nada los seduce más que transformar la materia en sentido.

Muy cerca, el boliviano León Saavedra Geuer está montando una enorme estructura en hierro (unos cuatro metros de alto) llamada Vuelo: un soporte permitirá que particulares alas metálicas se bamboleen con el viento, sin que el conjunto escultórico se descomponga. Suelta la soldadora, se acerca, y dice: “Tiene que ver con los balances, con la confianza en los tiempos nuevos que trae el viento; el equilibrio y la energía ante las circunstancias complicadas que transita el hombre”.

Sigue trabajando. Los artistas están en el Museo de las Esculturas Urbanas del Mundo (Museum), un parque de 14.500 metros cuadrados cerca de la orilla del Río Negro y a unas 15 cuadras del centro de Resistencia. La gente les habla como si fueran héroes deportivos a punto de jugar el Mundial. Les preguntan por la técnica, por los materiales. “¿Y qué te parece el Chaco”, consulta la voz tímida de un resistenciano. Después de recorrer el predio -en el que hay exposiciones en simultáneo, música en vivo y food trucks-, se escucha a un nene de 10 años: “Mamá, cuando sea grande voy a ser escultor”.

El encuentro, entre el arte sofisticado y el folclore regional, se parece bastante a una fiesta. Para muchos, la más importante de la provincia. Aparece Fabriciano Gómez (74), como si fuera un cura sanador. Se forman filas para saludarlo. Los vecinos lo abrazan, le piden consejos, lo felicitan… Sonríe, hace chistes, ofrece optimismo. Es el escultor resistenciano que en 1988 organizó la primera bienal en la Plaza 25 de Mayo. La misma bienal que en la edición de 2016, ya en el Museum, recibió a casi 380 mil personas, según datos de los organizadores. “Invitamos a todos los habitantes del planeta para que conozcan la calidez de Resistencia”, se entusiasma en una de las numerosas entrevistas que le hacen. Y más gente se suma a la fila para saludarlo.

La aventura de Fabriciano empezó a los 17 años, cuando se metió a estudiar Bellas Artes. Papá, sereno de la plaza 25 de mayo, mamá empleada de La Forestal, la empresa que explotaba los bosques chaqueños. Años después ganaría el premio del Salón Nacional, viviría en Europa y llegaría a exponer en muestras internacionales de prestigio, convencido siempre, como dice hoy, de que “la expresión es una necesidad del ser humano, por eso, estoy a favor de los chicos que hacen grafitis en las ciudades”.

“¿Cómo creció tanto un encuentro cultural en una región económicamente humilde?”, le pregunto. Incluso el nombre de esta capital parece ser una imagen de la intensidad de la vida: Resistencia. Pausado, con la mirada entre serena y campechana, responde: “Es porque la gente se ha adueñado del proyecto, de esta nueva identidad; en las calles de la ciudad se emplazaron más de 600 esculturas: el fruto que dejaron 30 años de bienales. Tendrías que ver cómo los vecinos las cuidan, las protegen. No hay una que tenga una mancha. Se han reapropiado de su ciudad, que es la ciudad de las esculturas”.

Un entramado urbano curiosamente decorado con arte. “El vínculo es irrompible si vivís acá -profundiza-. En algún momento le vas a decir a tu hijo, a tu nieto: ‘yo vi cómo se pulió esa obra que está en la esquina, yo conversé con el artista mientras la estaba tallando’.” Esta edición de la Bienal, dice Fabriciano, tuvo un presupuesto de un millón y medio de dólares. El encuentro se financia a través de la ley provincial de mecenazgo, por el que las empresas privadas aportan fondos desgravados de impuestos. La Fundación Urunday, con Gómez a la cabeza, es quien organiza, con fuerte apoyo de los gobiernos de la provincia y de Resistencia.

El hormigueo de gente crece con el anochecer. Hay, además, una muestra con doce escultores del país que también trabajan al aire libre, puestos de artesanías y hasta se organizó un congreso académico de artes. Gómez, como si le faltaran méritos, donó su casa -que era la de sus padres- a la ciudad. Ahí se montó la Casa Museo Fabriciano. También, unas 200 esculturas, además de dibujos. “Me siento en paz, liviano”, cuenta.

Las obras de la Bienal parecen ser una manera amable de pensar en el tiempo, en las construcciones que van de lo individual a lo colectivo, en las preguntas que siempre están con nosotros y que a veces nos angustian. En el espacio en que trabajan los escultores invitados del país, fuera de la competencia central -cada uno recibe 40 mil pesos- está la artista de Bariloche Nadia Guthmann. Monta un feroz yaguareté que supera los 3 metros de largo, en metal desplegado. Llevará un pequeño oso melero, casi jugando, en su interior. La obra se llama Impenetrable. Guthmann -que el año pasado participó en una muestra colectiva en el CCK- reflexiona sobre la interacción de los seres humanos con la naturaleza, con eje en aquello que el hombre define como ajeno, como impenetrable. ¿Somos tan ajenos a ese enorme yaguareté guardián de la naturaleza? ¿Sólo el yaguareté está en peligro o nosotros tanto como él? Una pregunta que viene acompañada con la belleza del rostro felino.

 

 

No hay comentarios

Dejar una respuesta